Tal día como hoy…

Tal día como hoy…

Todos los días sucede algo especial. Unas veces se trata de hechos decisivos para el devenir de la Historia Universal, como que Cayo Octavio Turino, sobrino nieto de Julio César, fuera nombrado Augusto y pasara a convertirse en el primer emperador de Roma; mientras que otras se quedan enmarcadas en un ámbito más cercano, como el estreno de la serie Aída por Telecinco. Pero, ¿qué tiene que ver Augusto con Aída? ¿qué une un hito histórico del año 27 a.C. con un estreno televisivo de 2005? Hoy. HOY. Porque hoy, 16 de enero es el día del año en el que ambos hechos sucedieron. Y todo esto está muy bien. Y en la Sociedad Cervantina nos gusta el 16 de enero. Nos gusta celebrar el 16 de enero. Todos los 16 de enero. Y con el de 2019 ya llevamos 414, que son los años que separan el 16 de enero de 1605 con hoy. Y nos gusta celebrarlo porque es el cumpleaños de nuestro libro, es el cumpleaños de la edición del Quijote.

El Quijote cumple 414 años, y lo hace en un tiempo en el que los libros han trascendido las barreras de lo físico. Con los avances tecnológicos, igual que en su momento hiciera Alonso Quijano, los libros han superado las barreras de lo material para adentrarse en el mundo de las ideas, en una libertad de la información que no está sujeta al mundo tangible, sino que fluye por canales tan diversos como el papel y el cristal líquido.

Pero en 1605 la situación era distinta. El papel era el rey, y era un rey muy caro. El valor de los libros impresos llegaba a verse superado en muchas ocasiones por su precio material. Por definición, un libro, por malo que fuera (aunque, como dijo el bachiller, no hay libro tan malo que no tenga algo bueno), era caro. Muy caro. Y diremos: ¡también hoy! Pues no. Cuando hablamos de caro hablamos de caro de verdad. Hablamos de tan caro que la poca gente que podía comprarse libros los compraba por piezas, por pliegos, porque muchos no podían permitirse pagar de golpe lo que pedían por un libro nuevo.

Mucho han cambiado las cosas en los últimos cuatro siglos, y si echamos la vista atrás y hacemos una comparativa podremos hacernos una idea más clara del asunto. El Quijote de la primera edición fijó su precio en 290,5 maravedís (83 pliegos a 3,5 maravedís cada uno). Sin duda, una suma importante. No precisamente por su equivalencia en moneda de uso actual, sino por la correspondencia con los salarios/precios de la época. Nos referimos a unos momentos en los que el sueldo medio de un peón era de 50 maravedís por jornada, y el de un maestro de oficio era de alrededor de 100. Comprarse un libro como el Quijote suponía el sueldo de tres días para un maestro de oficio, y el de una semana de trabajo de una persona menos pudiente (en el improbable caso de que supiera leer y pudiera destinar parte de su salario en la compra de pliegos impresos de un libro). Y si lo comparamos con los precios de los principales bienes de consumo, vemos que esos casi 300 maravedís bien pudieran ser invertidos en la compra de: 60kg de trigo, o en 83 libras de carne, o en 15 libras de sardinas, o en 17kg de garbanzos, o en 21 litros de vino… De ahí que la compra de libros nuevos quedara limitada a un sector reducido de la población del Siglo de Oro.

Pero no todo iban a ser impedimentos. El auge de la imprenta facilitó la alfabetización progresiva de la gente y, con ello, el cada vez mayor desarrollo de las artes literarias, la difusión de la cultura y el comercio de libros. Lo que, unido al elevado precio de los libros nuevos, hizo proliferar el tráfico de libros de segunda mano, convirtiéndose en un elemento clave para entender la cultura del Antiguo Régimen.

Puede que hayamos llegado al punto de disponer de casi todo al alcance de un clic, pero aún somos muchos los que disfrutamos de pasear entre las estanterías de una librería y apreciar el olor que desprende el papel cuando abrimos un libro, sea nuevo o se haya amarilleado por el paso del tiempo. Y elegimos el 16 de enero para celebrarlo.

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